Tumbar los monumentos a la barbarie y conquistarnos a nosotros mismos.

Por: Mentes Colectivas

17-sept-2020

La historia de Colombia, como en muchos países de Latinoamérica, fue construida a partir de la opresión y la extinción de los derechos de los pueblos. Los conquistadores se impusieron y masacraron a quienes se oponían a su régimen, principalmente a indígenas que representaran liderazgo en una tribu, por lo que los caciques, chamanes o cualquier figura representativa eran el principal blanco, con el objetivo de generar miedo ante la tribu misma y luego someterla y esclavisarla.

Utilizaron el maltrato físico, la mutilación de cuerpos, la violación de mujeres, asesinato de niños y niñas, y en si todo tipo de acto cruel para desaparecer étnias completas. Cometieron los perores etnocidios en la historia de la humanidad, para saquear recursos, esclavizar e imponer una nueva forma de gobierno y como acto de victoria procedieron erguir grandes monumentos en honor a la barbarie. Como lo fue el caso de la estatua del Español Sebastián de Belalcazar, erguida en el Morro de Tulcán en Popayán y que hoy los pueblos, en un símbolo de resistencia y de rechazo a la barbarie, la han desplomado con sus propias manos, manteniendo con ello la esperanza viva de no volver a ser sometidos por los conquistadores.

Recordar la historia de Colombia y los acontecimientos de violencia en contra de pueblos indígenas, derrumbar un monumento a la ignomina,  defender los líderes sociales, ambientales, defensores de derechos humanos, etc., y buscar los responsables de esos actos, nunca será un acto de revanchismo, polarización, ni mucho menos un acto generador de odios, por el contrario, es un acto de dignidad humana, de negarnos a seguir siendo sometidos, seguir siendo masacrados, esclavizados a nuevos regímenes,  es negarnos a que nuestras mujeres sigan siendo violadas y asesinadas, y que a nuestros jóvenes se les siga despojando el futuro.

Nuestra historia, precisa de un lugar imborrable en la memoria del tiempo, para que nuestros hijos, nietos y futuras generaciones, se enteren por nuestros actos, lo que no le han de contar los grillos en el silencio de la noche.  Que hemos sido capaces de soñar con un país en paz, y nos atreveremos a apostar por uno con oportunidades para todos, con menos desigualdad y lleno de esperanza donde se priorice la vida por encima del oro mismo, para que ellos, nuestros descendientes, tengan la posibilidad de un mejor vivir. Mantenemos en la memoria la crueldad a la que hemos sido sometidos, para no permitir su repetición.  Somos descendientes de razas valientes, que no nos resignaremos a ser nuevamente reprimidos, sometidos y desaparecidos.

No queremos seguir en esta monarquía que han disfrazado de democracia, en la que un rey criollo nos quiere gobernar de manera vitalicia, ejerciendo las mismas prácticas del etnocidios, con modernos ejércitos, ya no con espadas, sino con armas más letales, con las que someten a ciudadanos a los peores maltratos inclusive hasta la muerte, causando mutilaciones, violando mujeres, desapareciendo jóvenes, desplazando pueblos completos , etc., actos estos que conocidos en las clases de historia del colegio, pudieron parecerles hechos crueles e incluso irrearles, pero que hoy los mismos, pero desarrollados en el contexto actual y por cuenta del manejo que hacen el gobierno de los medios de comunicación, se están normalizando, aún siendo estos, los hechos actuales,  iguales o aún peor de aberrantes  que los cometidos durante la conquista y con el agravante que hoy ya buena parte de la población parece no inmutarse.

Estamos ante estas nuevas formas de colonización depredadora y causante de muerte, a la cual, solo con la decisión de cada uno podremos detener, conquistando nuestra propia conciencia y derrumbado los muros de indiferencia para unidos  hacer nuestra propia historia.